Por José Armando Toribio
Santiago de los Caballeros-Un día como hoy, hace 47 años, la República Dominicana vivió una de las mayores tragedias naturales de su historia reciente: el paso del huracán David, un fenómeno que dejó una profunda huella de dolor, destrucción y pérdidas humanas y materiales.
David fue el cuarto ciclón tropical nombrado de la temporada de huracanes del Atlántico de 1979. Alcanzó la categoría 5 en la escala Saffir-Simpson y golpeó directamente a la República Dominicana con una fuerza extraordinaria.
El huracán provocó una enorme devastación, especialmente en comunidades vulnerables, destruyendo viviendas, infraestructuras, cultivos y dejando a miles de familias afectadas. Más de 2,000 personas perdieron la vida durante su paso por el Caribe, la mayoría en territorio dominicano, convirtiéndolo en uno de los huracanes más mortíferos de la segunda mitad del siglo XX.
Pero 47 años después, recordar a David no debe ser simplemente un ejercicio de nostalgia o una fecha para las estadísticas. Debe ser un llamado a la conciencia.
Los desastres naturales pueden ser inevitables, pero muchas de sus consecuencias pueden reducirse cuando existen prevención, planificación, educación y una respuesta adecuada de las autoridades y de la ciudadanía.
La experiencia de David nos enseñó, con un enorme costo humano, que ningún país puede confiarse frente a la naturaleza. Las temporadas ciclónicas deben ser tomadas con responsabilidad. Una alerta meteorológica no es un simple anuncio: puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
También debemos recordar a quienes perdieron sus vidas y a las familias que quedaron marcadas para siempre por aquella tragedia. Cada vivienda destruida, cada comunidad inundada y cada persona fallecida representa una historia que merece ser recordada.
Hoy, 47 años después, el recuerdo del huracán David debe convertirse en prevención.
Debemos mantener una ciudadanía informada, fortalecer los sistemas de alerta temprana, mejorar las infraestructuras, evitar construcciones en zonas de alto riesgo y garantizar que las instituciones responsables estén preparadas para responder ante cualquier fenómeno atmosférico de gran magnitud.
Porque la memoria también salva vidas.
Recordar a David no es vivir en el pasado; es aprender del pasado para estar mejor preparados ante el futuro.
Que nunca olvidemos a las víctimas. Que nunca olvidemos la lección.


