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La malformación arteriovenosa cerebral consiste en una comunicación anormal entre las arterias y las venas.

Un evento que siempre llama la atención es el hecho que un niño o un adolescente sufra una hemorragia cerebral.

Muchos piensan que esto solo sucede en personas que han alcanzado cierta etapa en la vida, que el endurecimiento progresivo de sus arterias ha llevado a esta situación.

Sin embargo, existen circunstancias en las cuales se produce debilitamiento de los diferentes vasos sanguíneos del cerebro, lo cual lleva a una hemorragia cerebral.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entidad que conmemora cada 29 de octubre el Día Mundial del Accidente (ACV), dice que esta condición representa la segunda causa de muerte, la primera de discapacidad entre los adultos a nivel global y está relacionado a hemorragias cerebral en adultos jóvenes.

Comunicación anormal

El doctor Luis Suazo, neurocirujano endovascular, explica que la malformación arteriovenosa cerebral consiste en una comunicación anormal entre las arterias y las venas.

“Normalmente, los diferentes tejidos presentan arterias, capilares y venas. Por las arterias se transporta la sangre rica en oxígeno y nutrientes que alimentan a los distintos tejidos.

A nivel de los vasos capilares se produce la extracción del oxígeno y los nutrientes por parte de los órganos en cuestión y en su parte distal salen por las venas los productos del metabolismo de los tejidos y el dióxido de carbono”, describe.

Igualmente, según el galeno, la presión arterial presenta un notable descenso a nivel de los capilares, siendo la presión arterial media de unos 90 mm de Hg y la de la vena de unos 40 mm de Hg, por lo tanto, es en los capilares que se produce un rico intercambio de productos y cambios hemodinámicos en la presión de los vasos.

Ausencia de la red

“En las malformaciones arteriovenosas esta red que son los capilares desaparece. Esto lleva a una comunicación directa o cuasi directa entre las arterias y las venas, muchas veces con la presencia de un nido malformativo interpuesto entre ellas”, agrega Suazo, quien Encargado de la Unidad de Neurocirugía de los Centros de Diagnósticos y Medicina Avanzada y de Conferencias Médicas y Telemedicina (Cedimat).

De acuerdo al especialista, este nido puede originarse de acuerdo a dos grandes teorías: una que propugna que son congénitas y otra que son adquiridas.

“La teoría congénita expone que alrededor de la novena semana de gestación se produce una alteración en la vena postcapilar, la cual llevará a la formación del nido, y al desarrollo exagerado de importantes arterias que nutren a esta lesión”, explica Suazo.

Mientras que la teoría adquirida expone que cambios en el endotelio, la capa más interna de los vasos sanguíneos, y que se recambia cada cuatro años, pueden incidir en la génesis del nido y llevar así al desarrollo de la malformación, destaca el experto.

“De una u otra forma, se trata de una entidad viva, que recluta vasos sanguíneos para su alimentación, pero que por la mala calidad de las arterias que le nutren, de las venas que le drenan o del nido propiamente dicho, puede quebrarse en cualquier momento y provocar una hemorragia”, agrega.

Cómo identificar los síntomas clásicos de la enfermedad

Los síntomas clásicos de este evento son dolores de cabeza, los cuales no mejoran ni ceden con el tiempo ni con analgésicos comunes.

Pero, de acuerdo a la magnitud de la hemorragia, puede llevar a la pérdida de la conciencia, dificultad para mover la mitad del cuerpo y alteraciones en el habla o la visión.

Algunas malformaciones pueden manifestarse por convulsiones, trastornos neurocognitivos.

Esto puede hacer que el paciente tenga dificultad para aprender, caminar, hablar, trastornos en el aprendizaje de diferentes habilidades y destrezas, lo cual provoca serios trastornos en su vida cotidiana y en la de sus familiares y personas encargadas de su cuidado.

El diagnóstico de una malformación, según Suazo, requiere de estudios de imágenes de alta calidad, tales como tomografía computarizada, angiotomografía cerebral, resonancia magnética, angioresonancia cerebral, pero el estudio diagnóstico por excelencia continúa siendo la angiografía cerebral.

Este estudio permite identificar las arterias específicas que irrigan al nido, las venas que lo drenan y hacía que senos venosos se dirigen, la presencia de puntos de sangrado como aneurismas intranidales, estenosis venosas.

El tratamiento de dichas lesiones consiste en eliminar el nido malformativo de la circulación cerebral. Para ello, el neurocirujano del siglo XXI cuenta con diversas herramientas, asegura Suazo.

“Contamos con la microneurocirugía, la cual consiste en la extirpación quirúrgica de la lesión mediante el acceso por medio de una craneotomía; la embolización, que consiste en la introducción de finos y delicados microcatéteres desde la ingle, los cuales mediante el uso de fluoroscopia, navegan por las arterias que irrigan al nido malformativo, y permiten la inyección de diferentes sustancias (polímeros) que provocan la trombosis de la malformación”, explica.

Otra opción es la radiocirugía por Gamma Knife. Este procedimiento que consiste en dirigir 201 rayos de cobalto de manera específica hacia el nido malformativo. Va provocando una oclusión progresiva de la lesión.

“En muchas ocasiones se deben combinar varias herramientas terapéuticas con el fin de curar la malformación arteriovenosa cerebral”, concluye Suazo.

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